Soy aquella que un día despertó y horrorizada entendió que ya nada era igual.
Aquella que en ese momento vio dos pares de ojos de niños que la miraban sin hablar, sin comprender… Aquella que supo de golpe, sin anestesia, sin que le pidieran permiso, que ellos dependían sólo de ella y que estaba sola para hacerlo.
Soy aquella que renació obligada, queriendo no vivir pero entendiendo que, si no luchaba por ellos, para ellos, con ellos… les esperaba el fin, la nada…
Aquella que comprendió que los agujeros en su corazón no cerrarían nunca pero que había que sanarlos para que sangraran cada día menos porque si la sangre inunda no deja espacio y los que quedaban también tenían su lugar en ese corazón.
Aquella que 30 años después es ésta, la que mira hacia arriba y está segura que la miran, acompañan y aprueban, que la esperan para reunirse y contarse todo, que está orgullosa de lo logrado… Está que desborda de dicha, sí de dicha! Porque aquellos, los que quedaron, siguieron sus caminos, más fuertes, más responsables, más contenidos, más unidos.
Hoy ésta, recibe tanto de aquellos que esos agujeros, que ya no sangran porque cicatrizaron, se llenan de amor y de orgullo y el dolor se calma y la paz se instala…
Y hoy, ésta que soy, repite igual que aquella: “no estés enojada con Dios, sólo ÉL conoce sus razones…”.