Mi nombre es Karim, y soy hijo, hermano y tío postizo, a veces todo junto.
Dominicano de nacimiento pero perenne caminante, que aún le falta un poco para apropiarse del gastado cliché de “ciudadano del mundo”. Unas cuantas libras de carne y hueso y más aún de luz, por fuerte o débil que esa llama sea debido a las circunstancias.
Soy el resultado de mis buenos deseos y sobretodo de mis malas decisiones, aunque éstas últimas me hayan enseñado más. De mi familia, y de todos con quienes choqué hombros. De los discos que oí y de aquellos que todavía tengo pendientes. La ginebra llegó después, pero antes de ella existieron, y están aún, las noches – tanto con estrellas como sin ellas -, los cuadernos vacíos desnudándose ante una pluma ansiosa por dejarse correr en ese mar blanco y liso, guitarras con cuerdas viejas que oxidaron los dedos hasta casi -casi- hacernos cambiar de opinión, esas voces que siempre te hablan al oído pero que afortunadamente para ellas nunca nadie las ve, y esas manos que te acarician con delirio, que sí puedes ver pero sólo hasta el día en que ellas decidan no aparecer más.
Soy quien quiere contar sus propias historias y las de los demás, con la intención de divertirse, aprender, pero sobretodo sentir.
Soy aquel que prefiere crearse a descubrirse. El eterno estudiante que reprueba dos veces antes de por fin seguir. Al que no le gusta que lo jodan, y por eso trata de no hacerlo él.
Un ser humano, que en igual medida se enorgullece y avergüenza del título.
Y si después de todo eso, este humilde y pequeño grano de arena en una inmensa playa, que anda por el nombre de Karim puede tener la suerte de hacer dicha playa un lugar mejor, es un ‘plus’ bastante bienvenido.