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Me llamaron María, soy… una sobreviviente. Mi nombre y yo venimos de muy lejos, y tenemos el hábito de permanecer de viaje, de andar ligeros.
Me gusta escuchar. Puedo sentir y acompañar. Estoy aún viva en un camino que se bifurca continuamente.

Me gusta andar y a veces, me detengo a ver las huellas del camino. Como las huellas de Acahualinca, son la historia de quienes ya pasaron, de los que vinieron antes para que ahora, esté escribiendo estas palabras.
El camino me ha permitido encuentros, alegrías y lecciones. Las personas que pasan a veces son sombras, otras vienen un rato en el mismo camino. A veces, vuelven.

Me hubiera gustado cantarles una canción para que se durmieran, curarles, beber agua y encender la hoguera, ese sitio donde nos contamos cuentos al caer la noche.
Pero debo seguir… Buenos días, y adiós.

Soy como un velero que cuando parte, apenas deja una estela en el agua del puerto. Sé que otros sobrevivieron antes para que ahora, pueda escribirles. Cruzaron ríos crecidos, huyeron de volcanes y fuegos, se salvaron de las plagas, nadaron hasta la orilla. Tuvieron miedo y lo vencieron. Una y otra vez. Durante generaciones.
Estoy agradecida.